
Especialistas explican que mirar el teléfono sin motivo responde a mecanismos del cerebro vinculados al placer y la ansiedad. El “scrolling” activa el sistema de recompensa y puede generar conductas automáticas difíciles de controlar.
En la era digital, revisar el celular de forma constante -incluso sin notificaciones- se volvió una conducta habitual. Aunque parece inofensiva, la psicología advierte que detrás de este comportamiento hay mecanismos profundos del cerebro vinculados a la búsqueda de placer, la ansiedad y la necesidad de estimulación constante.
Según especialistas, el impulso de agarrar el teléfono es automático: se trata de un hábito construido con el tiempo que muchas veces ocurre sin que la persona sea consciente. Estudios citados por expertas como Éilish Duke muestran que las personas creen revisar su celular cada varios minutos, pero en la práctica lo hacen con mucha más frecuencia.
A nivel neuronal, el scrolling activa el llamado “circuito de recompensa”, el mismo que responde ante estímulos placenteros. Cada contenido nuevo -un video, una foto o un mensaje- genera una pequeña gratificación que el cerebro busca repetir. Por eso, las redes sociales y las aplicaciones están diseñadas para ofrecer estímulos constantes que mantienen la atención.
Este mecanismo se combina con otra parte del cerebro: la corteza prefrontal, encargada de regular los impulsos. Sin embargo, esa “parte lógica” no siempre logra equilibrar la búsqueda de recompensa inmediata, especialmente en jóvenes, donde aún no está completamente desarrollada.
Además, el scrolling puede generar un estado de “flujo”, en el que la persona pierde la noción del tiempo. Así, minutos pueden convertirse en horas sin que el usuario lo perciba, atrapado en un consumo continuo de contenido personalizado.
Entre las razones psicológicas más frecuentes para revisar el celular aparecen la ansiedad social, la baja tolerancia al aburrimiento, la búsqueda de validación y el miedo a perderse algo (FOMO). También se asocia con fenómenos como la nomofobia -miedo a estar sin el celular- o la sensación de vibraciones inexistentes.
Si bien no siempre implica una adicción, los especialistas advierten que cuando este hábito se vuelve compulsivo puede afectar la vida cotidiana: disminuye la concentración, altera el sueño y dificulta las relaciones cara a cara.
Para evitar caer en el uso excesivo, recomiendan generar momentos sin pantalla -como salir a caminar sin el teléfono-, reducir la dependencia del dispositivo en tareas simples y tomar conciencia del impulso de usarlo. Reconocer ese momento y dejar pasar la necesidad, explican, puede ayudar a recuperar el control y construir una relación más equilibrada con la tecnología.
Fuente: BBC



